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UNA CELEBRACIÓN HUECA

          El pasado seis de diciembre conmemoramos la aprobación de la supuestamente vigente Constitución. Discursos, cócteles, parabienes y sonrisas que encubren una realidad amarga y decepcionante: nuestra Carta Magna es hoy un papel mojado que nadie respeta, ni siquiera los magistrados llamados a ser sus intérpretes supremos. Si se examinan fríamente el proceso mediante el cual fue concebida, el resultado al que condujo aquel tan alabado consenso y la forma en la que se ha ido desarrollando durante las tres décadas largas de su existencia, no podemos extrañarnos de la situación en la que nos encontramos, caracterizada por un profundo deterioro institucional y por una alarmante fragmentación de la unidad nacional. Hubo tres fallos de partida que han condicionado la evolución negativa posterior de los acontecimientos, la suposición de que la transformación de la estructura territorial del Estado calmaría a los nacionalistas integrándolos en la tarea común, la confianza en que el método dispositivo para configurar las Autonomías sería manejado con sensatez y la seguridad de que los dos grandes partidos nacionales pondrían siempre el interés general y el sentido de Estado por encima de sus apetencias de poder y de sus necesidades electorales. Esta apreciación errónea de factores tan básicos nos ha conducido gradual pero inexorablemente al desastre actual, agravado sin duda hasta extremos angustiosos por la crisis económica devastadora que atravesamos. La reciente victoria en las urnas del Partido Popular por mayoría absoluta ha representado sin duda un alivio y ha abierto ciertas posibilidades de recuperación de un país destruido por los particularismos, la corrupción, la incompetencia de sus gobernantes, la partitocracia y el relativismo moral, pero la redistribución del voto de la izquierda y el ligero aumento de sufragios a favor del ganador respecto a 2008 no nos ha proporcionado lo que de verdad necesitamos, a saber, un auténtico land slide, un trasvase masivo de papeletas hacia el centro-derecha que lo sitúe en posición de utilizar el artículo 167 de nuestra Ley de leyes sin necesidad de otros apoyos. Nuestros problemas no son sólo de gestión, tienen naturaleza estructural y requieren reformas de enorme calado que no serán posibles sin una revisión muy seria de los fundamentos de nuestro ordenamiento. Para llevar adelante las iniciativas legislativas y las medidas de gobierno que la crisis nos exige, Rajoy podrá manejarse con la fuerza parlamentaria que le han dado los españoles, para remediar los males que nos aquejan en la raíz del sistema le faltan veinticuatro escaños hasta alcanzar los tres quintos indispensables. Por eso sus declaradas intenciones de contar con todo el mundo suenan tan impregnadas de melancolía. Su larga experiencia le ha enseñado que para enderezar de verdad un rumbo completamente perdido jamás podrá apoyarse en los que viven y se alimentan de nuestras desventuras.                                  

                                       Aleix Vidal-Quadras 

MAYORÍA ABSOLUTA

 Con vistas a las próximas elecciones del 20 de noviembre se distinguen cinco tipos de electores, aquellos que ya tienen decidido apoyar a un partido concreto por razones de adhesión casi religiosa basada en motivaciones ideológicas inamovibles, aquellos que ya saben qué papeleta depositarán en función de la oferta que consideran racionalmente  más adecuada a sus intereses en un marco de convicciones desprovistas de fanatismo, aquellos que piensan acudir a las urnas pero dudan sobre su opción final, aquellos que no piensan votar por razones de decepción con sus siglas habituales y aquellos que tampoco lo harán por un hastío profundo y una desconfianza total hacia el sistema. Los primeros son impermeables a los argumentos o a la realidad y con su pan se lo coman. Los quintos se consumirán en su estéril escepticismo y son prescindibles a los efectos del resultado. Centrémonos, por tanto, en los otros tres, que son los que configurarán la composición de las Cámaras.

 

Todos los sondeos dan como ganador al hoy primer partido de la oposición por un margen muy amplio. Examinemos si interesa a la sociedad española que la mayoría que surja de estos comicios sea absoluta y, dentro de lo absoluta, arrolladora. El nuevo Gobierno está obligado, le guste o no, a aplicar un programa de reformas de enorme alcance que afectará a muchas situaciones consolidadas, romperá no pocos esquemas y exigirá sacrificios considerables a los ciudadanos. Esta agenda tan transformadora provocará sin duda una considerable agitación social que la izquierda recalcitrante y los nacionalistas llevarán a la calle para amedrentar al Ejecutivo. Si éste se achanta, iremos a la ruina, si se mantiene en el cumplimiento de su deber, nos arriesgamos a generar un caos incontrolable. ¿Cuál es la forma de asegurar una acción eficaz del Gobierno y de neutralizar la subversión? La respuesta es evidente: dotar a la mayoría parlamentaria de una autoridad moral y de una legitimidad política tan grande que su envergadura sea en sí misma disuasoria frente a maniobras de desestabilización y genere a su vez una movilización saludable de los sectores más dinámicos, informados y moralmente sanos de la sociedad civil. Este es el mensaje que deben recibir los electores de las tres categorías mencionadas, con independencia de sus preferencias por este o aquel partido y de sus simpatías o por este o aquel candidato. La mayoría aplastante no es en estas elecciones la conveniencia de la fuerza que se presume ganadora y de su líder, eso es completamente secundario en las presentes circunstancias. Se trata de una necesidad estructural de España.

 

 

                                          ©Aleix Vidal-Quadras

 

 http://www.intereconomia.com/blog/prohibido-pisar-flores/mayoria-absoluta-20110928

SOCIALISMO EN REVISIÓN

               Una catástrofe electoral de la magnitud de la sufrida por el PSOE el pasado domingo provoca automáticamente en el seno del partido vapuleado una necesidad de renovación de liderazgo, pero también de ideas. Tanto Guillermo Fernández Vara como José María Barreda lo han señalado al pedir una revisión ideológica que cristalice en un nuevo proyecto adaptado a la realidad. Chacón y Rubalcaba no se han referido a este asunto porque ella es mas partidaria de la política iconográfica que de la logocéntrica y él porque una vez leído y asimilado El Príncipe cualquier otro aporte conceptual o interpretativo le parece superfluo. La mención a la realidad por los barones extremeño y castellano-manchego no es baladí si se tiene en cuenta que a lo largo de los últimos siete años el socialismo español ha estado dirigido por un individuo que siempre ha percibido el mundo tangible como una molestia obstaculizadora de sus delirios inmaduros. Tras unos primeros escarceos con el republicanismo de Pettit, la democracia deliberativa y el brillante descubrimiento de que bajar impuestos es de izquierdas, el resto de la trayectoria intelectual de Zapatero ha sido una combinación imprevisible de progresismo de manual, ecologismo divulgativo, pacifismo tembloroso, tercermundismo anacrónico y hedonismo relativista. Este magma confuso ha conducido a la desmembración de la Nación, la ruina de nuestra economía, el brutal incremento del desempleo, la fragmentación del Estado, la financiación del crimen organizado con dinero público y la transformación de España en el hazmerreír de la Unión Europea. Hay que reconocerle al presidente saliente una notable capacidad para la destrucción, ya que reducir a cenizas en un periodo de tiempo tan corto las instituciones, las empresas, el sistema educativo y la moral colectiva de una sociedad de la envergadura material, cultural e histórica de la española no está al alcance de cualquiera. Barreda y Fernández Vara aciertan con su llamada a un replanteamiento total del pensamiento de izquierdas, aunque después de la etapa zapateril y sus consecuencias, habría que hablar más bien de recuperación de la lucidez. Ni el ministro del Interior ni la ministra de Defensa son las personas adecuadas para encabezar este trabajo de asentamiento de principios, valores y programas  que el gran partido nacional de centro-izquierda demanda urgentemente. Ambos han sido copartícipes directos del desastre que hoy les aflige, lo que les descalifica para la tarea de repararlo. Es de esperar que el equipo que a partir de ahora se encargue de poner a punto al PSOE disponga de los conocimientos, la sensatez, la altura de miras y el patriotismo de los que ZP y sus corifeos han carecido. Ojala sea así en bien del conjunto de la ciudadanía. En todo caso, dispondrán como mínimo de un par de legislaturas para culminar tan indispensable y noble empresa.

 

                           

                               ©Aleix Vidal-Quadras   

 

                                             

GUERRA CONTRA EL TERROR

                                                        

         La brillante operación “Jerónimo”, que ha acabado con la vida de uno de los mayores monstruos que ha dado la especie humana, ha suscitado un intenso debate público sobre la legalidad de la misma. La incursión del comando norteamericano en un país extranjero sin su autorización, por una parte, y los disparos a matar sobre un hombre desarmado, por otra, han sido los puntos principales de la discusión. Gaspar Llamazares, en su incontenible simpatía por la subversión violenta propia de sus raíces ideológicas, ha llegado al punto de calificar de terrorismo de Estado la eliminación por los SEAL de Osama Ben Laden. Sin embargo, conviene distinguir entre la acción de las fuerzas de seguridad contra la delincuencia común, sujeta a las garantías constitucionales imperantes en las democracias occidentales, y la guerra, que se rige en el marco del derecho internacional por una normativa específica. Cuando la policía procede al arresto de un delincuente, aunque éste sea el peor y más repulsivo asesino en serie, debe procurar no infligirle daño físico, leerle sus derechos, permitir que le asista un abogado y ponerlo a disposición judicial en el plazo previsto por la ley. En cambio, en la guerra, prácticas como la emboscada, el bayonetazo por la espalda, el uso de cualquier medio de destrucción buscando la máxima mortalidad en el campo adversario o el engaño, son perfectamente legítimas. Por supuesto, también existen límites en los conflictos bélicos. Así, el hacer fuego sobre tropas desarmadas que se rinden, los bombardeos indiscriminados prescindiendo del número de víctimas civiles o la tortura de prisioneros, están prohibidas por la Convención de Ginebra. En este contexto, la cuestión crucial es si la lucha de los Estados Unidos contra Al Qaeda debe clasificarse como una guerra o como un combate contra el crimen organizado, del estilo del narcotráfico o del comercio de seres humanos. Parece claro que el enfrentamiento entre la nación norteamericana y la red fundamentalista dirigida por el difunto Ben Laden corresponde a una guerra y como tal ha de ser entendido y desarrollado. Un enemigo exterior fuertemente armado cuyo objetivo explícito es la aniquilación de los Estados Unidos ha llevado a cabo ya numerosos ataques con el resultado de la muerte de miles de sus ciudadanos, lo que excluye su consideración como simple delincuente para entrar de lleno en la misma categoría que se le atribuyó justamente a la Alemania nazi o al Japón imperial tras Pearl Harbour. Desde esta perspectiva, le neutralización definitiva de la cabeza visible del terrorismo islamista global merece los mayores parabienes y ha de ser acogida con satisfacción por cualquier persona decente. Es de esperar que los carniceros etarras sean conscientes de la suerte que han tenido al ser incluidos por el Estado español en el grupo de los meros transgresores de la legalidad vigente y como tales disfrutar de todos los derechos que nuestro ordenamiento asegura incluso a los criminales más contumaces y crueles. Si hubiéramos escuchado sus pretensiones de formar parte de un ejército de supuesta liberación y les hubiésemos aplicado las reglas de la guerra, hoy seguramente habrían dejado de ser un problema.

 

 

                                                        ©Aleix Vidal-Quadras                                                                                  

VOTOS Y PRINCIPIOS

                                   La pérdida de la mayoría por parte de la democracia cristiana en el Land de Baden-Wurtemberg tras cincuenta y ocho años seguidos en el gobierno arroja una lección interesante sobre sociología electoral. En este estado federado de la República alemana existen cuatro centrales nucleares en operación y, como es natural, el grave accidente de Fukushima, aunque producido como consecuencia de una catástrofe natural en la otra punta del planeta, ha generado en su población un clima emocional adverso a esta fuente de energía. Con el fin de paliar los previsibles efectos en las urnas del pasado 27 de marzo, el partido de Ángela Merkel ha cambiado precipitadamente su posición al respecto y ha revocado su plan de prolongar la vida útil de las plantas de fisión de su país hasta su límite técnico. Este bandazo ha sido tan obviamente oportunista y ha transmitido hasta tal punto una imagen del gobierno impregnada de inconsistencia y de cortoplacismo que no sólo no ha impedido la derrota, sino que ha provocado un crecimiento espectacular de los verdes, que se han hecho dueños de la situación. Cuando al veterano político británico Harold Macmillan le preguntaron ya retirado cuál había sido la peor dificultad a la que se había enfrentado en su dilatada carrera pública, contestó: “Los acontecimientos, sin duda alguna, los acontecimientos”. En otras palabras, que seria absurdo negar que sucesos inesperados de carácter trascendental pueden modificar por completo la opinión ciudadana y obligar a los candidatos en unos comicios a adaptarse al nuevo escenario. Sin embargo, una cosa es tener en cuenta una realidad distinta y otra perder la faz de forma indecorosa. Un activo muy valioso de un político es su credibilidad y una cualidad muy apreciada por los votantes es la coherencia. Las buenas gentes de Baden-Wurtemberg, una de las regiones más prósperas de Europa, a la vista de la veloz renuncia de la canciller a planteamientos que ayer presentaba como sólidamente defendibles mediante una rigurosa argumentación, se han apresurado a su vez a apoyar a aquella opción que más genuinamente representa las tesis ahora frenéticamente abrazadas por una Merkel repentinamente convertida al ecologismo radical. Con su frívolo quiebro, la dama de hierro de Berlín  se ha transformado como una muñeca de plastilina y ha unido la pérdida de su reputación al fracaso político. En situaciones como la creada por el cataclismo de Japón es mucho más seguro mantener dignamente las propias convicciones en un contexto transitoriamente adverso que lanzarse a piruetas patéticas intentando conseguir la victoria a través del engaño. La experiencia demuestra que todo intento de ganar votos sacrificando los principios acaba en la pérdida de los principios y de los votos.

 

 

                                                        Aleix Vidal-Quadras ©

 

 

 

DE LA TIERRA Y EL CIELO

             

                                                       

         El sacerdote Manel Pousa es el protagonista de la biografía Pare Manel, Més a prop de la terra que del cel escrita por el periodista Francesc Buxeda. En su labor pastoral, desarrollada fundamentalmente entre la juventud marginal, el padre Manel se vio obligado a enfrentarse a un difícil dilema moral. Dos adolescentes de catorce y quince años se quedaron embarazadas y solicitaron su ayuda. Pertenecientes a familias desestructuradas y carentes de recursos económicos, se vieron incapaces de llevar adelante su gravidez por lo que le pidieron apoyo económico para costearse un aborto en una clínica especializada en tales menesteres. El pastor de almas intentó disuadirlas de semejante propósito y les ofreció buscarles una salida que les permitiese tener a su hijo. Ante su negativa rotunda y su anuncio de que estaban dispuestas a solucionar el problema mediante métodos caseros carentes de toda garantía con el consiguiente riesgo para su vida y su salud, el Padre Manel accedió a su petición y financió la eliminación de las criaturas en gestación. Sin duda la situación que tuvo que afrontar fue dolorosa porque la elección no resultaba en principio evidente. Si se negaba a colaborar, sus protegidas iban a correr un grave peligro de carácter incluso mortal. Si se prestaba  a su solicitud se apartaba flagrantemente de la doctrina de la Iglesia de la que es un representante consagrado. Al final, el sacerdote tomó su decisión vulnerando de manera consciente el mandato canónico que había jurado obedecer. Hasta aquí el conflicto de conciencia cuyo desenlace se puede compartir o no dependiendo de la ética personal de cada uno y de la jerarquía de valores que se adopte.  Sin embargo, la solidez de la posición del Padre Manel se resquebraja en el momento en que pretende hacer compatible su actuación con su condición sacerdotal. La postura coherente e inatacable hubiera sido, una vez consumada su transgresión de un principio católico fundamental como es la sacralidad de la vida humana desde el mismo instante de su concepción, la presentación de su renuncia ante el Obispo de su diócesis. Es su pretensión de seguir como si tal cosa en plena posesión y desempeño de sus facultades y prerrogativas la que le degrada desde la categoría de figura trágica desgarrada por una lacerante disyuntiva axiológica a la de simple caradura. Por supuesto, se puede ser partidario, como lo es el Padre Manel, del sacerdocio femenino, de la voluntariedad del celibato y otras originalidades creativas y continuar siendo ministro de Dios a todos los efectos mientras exista concordancia entre el comportamiento y la ley eclesiástica porque la opinión es libre, también en la Iglesia de Roma. Lo que ya no es admisible es la inconsistencia de jugar a las verdes y a las maduras, de incurrir en la heterodoxia de la acción instalado en la ortodoxia de la posición. La progresía, tanto la civil como la ensotanada, considera que es legítimo imponer sus prácticas deconstructoras sin salir del seno de las instituciones que se afanan en demoler y que los demás se han de aguantar y reírles las gracias. Pues no. En los ámbitos normativos voluntarios se está o no se está y ante el intento de tomar el pelo al prójimo éste tiene derecho a resistirse. Si se elige estar más cerca de la tierra que del cielo no es legítimo circular por ahí exhibiendo el aval celestial para sortear las dificultades terrestres.

 

                                          Aleix Vidal-Quadras

 

MEMORIA DE OPROBIO

         El trigésimo aniversario del golpe del 23-F ha desatado un alud de comentarios, entrevistas y celebraciones que empiezan a producir cierto empacho. En esa fecha bochornosa de 1981 yo me encontraba  por la tarde trabajando en mi despacho de la Universidad Autónoma de Barcelona cuando uno de mis colegas entró muy alterado para decirme que la radio estaba informando sobre la toma del Congreso de los Diputados por una fuerza de guardias civiles que tenían secuestrados a todos sus miembros además de al Gobierno en pleno. Superado el primer momento de incredulidad, nos reunimos todos los integrantes de nuestro grupo de investigación para escuchar las noticias y nuestro estupor fue creciendo a la par que nuestro temor. Todo el asunto presentaba el aire de un esperpento anacrónico y soez que nos produjo una invencible sensación de indignación, de vergüenza y de repugnancia. Allí estábamos, media docena de profesores titulares casi todos ya numerarios, recién superada la correspondiente oposición, enfrascados en la preparación de las clases de los próximos días, en alguna tarea del laboratorio o en la redacción de una publicación, españoles en la treintena, nacidos después de la guerra civil, con nuestra infancia, adolescencia y primera juventud bajo el régimen franquista, ilusionados con nuestra recuperada democracia, acumulando ya una apreciable actividad a nivel internacional, sorprendidos por un suceso que rompía traumáticamente nuestras expectativas de futuro, que nos podía transformar en ciudadanos de un país impresentable y que destruía nuestras esperanzas de homologarnos por completo muy pronto con el resto del Occidente democrático. En mi camino de regreso a casa por la noche, sentado en un vagón de los Ferrocarriles de Cataluña -el conocido entrañablemente como el “tren de Sarriá”-  me sentí poseído por una congoja profunda a la vez que atormentado por lo que tenía todas las trazas de un cuadro de ansiedad. Aquellos cuarenta minutos encerrado en el tren aislado del mundo exterior poblaron mi mente de imágenes espeluznantes de patrullas militares y policiales recorriendo Barcelona para detener a desafectos, de siniestros toques de queda, de escasez de alimentos, de cierre de las Universidades y de posibles choques violentos entre manifestaciones de protesta y los tanques de los golpistas, por lo que salí de la estación de la Plaza Molina en un estado de aguda agitación, esperando asistir a escenas convulsas.  Las calles, sin embargo, estaban absolutamente tranquilas, la gente circulaba sin muestras de apresuramiento o de zozobra, los bares rebosaban de clientes tomando pacíficamente sus cervezas y los transeúntes con los que me cruzaba aparecían revestidos de un aire de completa normalidad. Ya más calmado en mi domicilio conecté la televisión y seguí el desarrollo de aquella noche aciaga paso a paso hasta que, agotado por la emoción y por los innumerables contactos telefónicos, me acosté pasadas las cuatro de la mañana con la impresión, confirmada al día siguiente, de que semejante disparate iba a tener un recorrido muy corto. Hoy veo con consternación como un acontecimiento tan afrentoso es aprovechado impúdicamente para el pavoneo patético de una generación de políticos que durante la Transición eran apenas púberes y que han dedicado un enorme esfuerzo a destruir su espíritu y a quebrar sus propósitos. Porque un hecho que hemos de tener muy presente es que combatir  retrospectivamente una dictadura ya desaparecida no redime de las bajezas y los errores presentes y que las lanzadas a moro muerto no le dotan a uno de un coraje del que carece.

                                   Aleix Vidal-Quadras

CAMBIO DE ESCENARIO

                     El siempre deseado y nunca cumplido final de ETA está pasando por otra etapa de ruido y confusión. Mensajes ambiguamente defensores de vías exclusivamente pacíficas sin condena explícita de la violencia por parte del entramado político de la banda, extrañas excarcelaciones o sospechosos traslados de prisión para etarras supuestamente partidarios del cese de las acciones criminales, misteriosas declaraciones del presidente del Gobierno sobre las consecuencias de estos u otros gestos de la llamada izquierda abertzale, reuniones clandestinas desmentidas con escasa convicción, entrevista de portada y gran despliegue de páginas al convicto Otegui recuperado como hombre de paz, idas y venidas de mediadores internacionales gélidamente equidistantes y gran ofensiva diplomática de la cúpula batasuna ante fuerzas independentistas con representación parlamentaria, todo un conjunto de señales, maniobras, palabras y movimientos que han provocado la natural alarma en los colectivos de víctimas y la lógica inquietud en los sindicatos policiales. Algo se cuece en los sótanos del ministerio del Interior y en los cubiles de los asesinos, algo siniestro, fétido y amenazante.  Sin embargo, nadie sabe exactamente de que se trata aunque las especulaciones se disparan, las advertencias proliferan y los temores se multiplican. En el contexto de este barullo, Federico Trillo ha pronunciado una frase intrigante. “Si ETA anunciara el final de la violencia, la entrega de las armas y la rendición total, hablaríamos de otro escenario”  ha sido su planteamiento literal. No cabe duda que si tales acontecimientos se produjeran, nos encontraríamos en una situación muy distinta y, por supuesto, mejor. Ahora bien, en el caso de que tales maravillas tuviesen lugar, eso no significa que a Batasuna se le debiera permitir presentarse a las elecciones ni con candidatos de ETA ni con listas blanqueadas. El peso ominoso de su pasado sangriento es tan terrible que ni siquiera en las circunstancias favorables descritas por el coordinador de Libertades Públicas del PP, sería legítimo que la presencia de ETA en las instituciones quedase autorizada. Otro asunto es que, una vez desaparecida la organización terrorista y pagadas sus deudas con la justicia por parte de todos sus integrantes, armados o no, unas siglas políticas inéditas sin vinculación alguna con el hediondo mundo del hacha y la serpiente, surgiesen en el País Vasco para impulsar un proyecto similar al que representa Esquerra en Cataluña o el Bloque en Galicia. Si ese es el significado de las manifestaciones de Trillo, tiene razón, si su reflexión apunta a un inaceptable borrón y cuenta nueva, no ha estado acertado. Cuando le vea ya tenemos tema de conversación.                                                                    

UNA AGONÍA DE AÑO Y MEDIO

            Faltan dieciocho meses para que la legislatura llegue a su término legal y en las actuales circunstancias de deterioro profundo y creciente este período de tiempo aparece a los ojos de millones de españoles como intolerablemente largo. Las noticias saltan aquí y allá provocando continuos sobresaltos en la ciudadanía. Ahora es una emisión de deuda de la Generalidad de Cataluña a un interés muy superior a la media del mercado porque ya nadie se fía del gobierno tripartito, ahora es la predicción de crecimiento para España del Fondo Monetario Internacional por una cifra que es la mitad de la contemplada en los Presupuestos, ahora son los abucheos masivos a Zapatero en el desfile del 12 de octubre o al ministro del Interior en la fiesta de la Guardia Civil, ahora es el pronóstico por parte de los organismos competentes de que el nivel de desempleo continuará al alza en 2011, ahora es la acusación de que el más alto responsable policial en la persecución de la corrupción aparece en los papeles incautados en la operación Malaya como perceptor de una mordida de doscientos mil euros, y así un día y otro, sin un respiro o un motivo de alivio que calme la inquietud y apacigüe el desasosiego. Se extiende y se asienta la sensación de que vamos pendiente abajo de forma acelerada sin que nadie ni nada pueda aparentemente detener la caída y este sentimiento de impotencia se aproxima peligrosamente a la desesperación. El reemplazo al actual partido en el poder espera impávido que La Moncloa se deposite en sus manos como fruta madura y basa su estrategia en el imparable desprestigio de su principal adversario, castigando sus flancos de forma implacable con el reproche de su incompetencia para gestionar la crisis económica sin entrar en otros aspectos igualmente o incluso más graves de nuestro fracaso, como la fragmentación de la Nación, la grave pérdida de valores morales o la inquietante degradación de las instituciones. Vivimos en un ambiente de fin de ciclo, de colapso de un sistema, de constatación apesadumbrada de que, en frase demoledora de Tito Livio sobre el ocaso de la república romana, no somos capaces de soportar ni nuestros vicios ni sus remedios. Tras la prolongada agonía hasta las elecciones generales, y con independencia de su previsible resultado, las cosas no volverán a ser como antes. No habrá medias tintas ni administración inercial del statu quo porque el statu quo saltará por los aires. Nos espera la muerte o la resurrección. 

                                                                                    

SIN VUELTA DE HOJA

Tras el confuso comunicado de ETA a la BBC, se han desatado todo tipo de comentarios e interpretaciones. El texto es, como propio de la banda, repulsivo y delirante, pero aunque la disección del mismo que han hecho numerosos analistas ofrece sin duda un amplio margen para poner en evidencia las flagrantes contradicciones y el cinismo de los criminales, el punto fundamental permanece invariable desde la llegada de la democracia a España hace más de tres décadas. ETA y sus filiales quieren, y jamás se han apeado de este propósito, negociar el cese de la violencia a cambio de un sustancial avance en sus objetivos políticos. Por tanto, la pretensión de algunos de obtener una disolución de la organización terrorista para así posibilitar la normal participación en las instituciones de la llamada izquierda abertzale, demuestra una preocupante falta de comprensión de la mentalidad y de los planes de los asesinos. ETA jamás renunciará a la violencia sin haber obtenido importantes concesiones en relación a Navarra, los presos y el fantasmagórico derecho a decidir. La prueba del nueve de este hecho incontrovertible es que un proyecto que para hacerse realidad lleva ya a sus espaldas casi un millar de cadáveres, no pertenece a la clase de empresas colectivas susceptibles de competir con los métodos democráticos normales, No está en su naturaleza y, por tanto, cualquier intento de diálogo pacificador, con o sin intermediarios internacionales, es perfectamente inútil, salvo que el Estado esté dispuesto a rendirse. Descartando esta opción, por ignominiosa, el único camino para solucionar el problema es la derrota completa y sin paliativos de ETA gracias a la acción legislativa, policial y judicial. Se puede hablar, especular, intrigar y manipular cuanto se quiera, pero la base de la cuestión seguirá inamovible. A partir de esta evidencia lo más indicado es concentrar la totalidad de nuestras energías en terminar con esta lacra y evitar la pérdida de tiempo y recursos que representan otros juegos carentes de sentido.