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ALEMANIA NO ABRE LA BOLSA

 No son pocas las voces que desde los atribulados países del sur de Europa claman por que Alemania relaje su política de extrema ortodoxia presupuestaria y se lance a estimular la demanda mediante grandes inversiones en infraestructuras, en educación, en sanidad, en defensa y en otros programas de gasto. En definitiva, ya que la locomotora europea está en perfecta forma con cuentas públicas saneadas, evolución positiva del PIB, altas tasas de empleo y prima de riesgo prácticamente negativa, se le pide que tire del tren con mayor brío y entusiasmo, ayudando así a sus socios comunitarios prisioneros de la recesión. Al fin y al cabo, se razona, la inestabilidad de la zona euro es también un problema grave para la economía alemana y si al final la moneda común colapsa, Alemania será la primera perjudicada. Estos cantos de sirena keynesiana resultan inútiles ante la firme determinación germana de mantener su línea de austeridad y conseguir déficit cero en 2016. Lo que los gobernantes italianos, españoles, portugueses y griegos han de entender es que el Bundesbank y la señora Merkel, con el beneplácito de su ciudadanía, han fijado de manera inconmovible la terapia a aplicar para colocarles en la senda virtuosa del equilibrio fiscal y las reformas estructurales. Su planteamiento es tan simple como severo: sólo el verdadero sufrimiento hará que los pródigos meridionales se disciplinen, trabajen, sean competitivos, ahorren, estudien e inviertan. Se trata de la vieja receta de “la letra con sangre entra”, de probada eficacia en las escuelas anteriores a la LOGSE. Los alemanes guardan tres recuerdos históricos que explican su actual devoción por la Virgen del Puño, a saber, la crueldad de Francia y el Reino Unido en sus exigencias de compensaciones tras la Gran Guerra, el estancamiento que sufrieron en los setenta del pasado siglo coincidiendo con una política fiscal muy expansiva y el escaso rendimiento obtenido del billón de euros que trasvasaron a la Alemania del Este a partir de la reunificación. Su condición de gatos escaldados respecto a las alegrías presupuestarias les lleva hoy a imponer sin miramientos su modelo puritano al resto de socios comunitarios. Por tanto, éstos pierden su tiempo si esperan un cambio de actitud de Berlín, que les mantendrá sometidos a un monacal régimen de lentejas, que o las tomas o las dejas. Y si elevan el tono de su queja la respuesta que recibirán será irrefutable: no os lamentéis, que es por vuestro bien.

 

                                      Aleix Vidal-Quadras

UNA EUROPA A MEDIAS

          Los padres del proyecto de integración europea, hombres sabios, serenos y testigos de horrores sin medida, eran conscientes de la tremenda dificultad de la erección de una entidad jurídico-político-económica que uniese a países de lenguas, culturas, historias e intereses diversos e incluso antagónicos, pueblos de largas trayectorias de enfrentamientos y guerras, portadores de relatos en los que el villano de uno era el héroe del otro. El Estado-Nación, esa construcción de la modernidad, es un ser casi orgánico, terriblemente celoso de sus competencias y de su identidad, que se resiste con fiero instinto a ceder soberanía a niveles normativos y ejecutivos superiores. De ahí la recomendación resignada de los “pequeños pasos”, los meandros, los avances y los retrocesos, las crisis institucionales recurrentes, la decepción de la fallida Constitución y el traído y llevado déficit democrático. La presente situación límite, en la que unos cuantos Estados-Miembros se encuentran al borde de la quiebra y la moneda única en peligro de desaparecer, nos coloca de nuevo frente a la gran paradoja europea: un conjunto de Estados soberanos que renuncian a parte de su soberanía para someterse a leyes comunes y para hacer juntos cosas que benefician a todos sin por ello perder su personalidad histórica, su independencia y su capacidad de defender en último término lo que consideran el núcleo irrenunciable de sus propios objetivos y necesidades. Esta paradoja es de difícil superación y mantiene a la Unión en permanente y agónica tensión. Los ejemplos se multiplican. No es posible articular una zona monetaria óptima con una política monetaria común, un banco central común y una divisa común y a la vez dejar que cada uno campe por sus respetos en sus políticas económicas y fiscales. No es posible diseñar un mercado integrado de la energía sin disponer de las infraestructuras físicas que lo hagan posible y mientras las relaciones comerciales con suministradores externos sean puramente bilaterales y el mix energético de cada socio sea decidido prescindiendo por completo de los demás. No es posible afrontar los grandes problemas internacionales ni sentarse a negociar con las potencias regionales hegemónicas en forma de guirigay caótico de voces simultáneas y superpuestas debilitando hasta extremos ridículos los instrumentos comunes de acción exterior. Ante tanta contradicción y tanta ineficacia, clamamos ¡Más Europa! ¡Más Europa! entre miradas de reojo y codazos arteros. La conclusión es inevitable e ineludible: O estamos de verdad en el mismo portaviones y entonces hace falta un capitán, un rumbo y un destino que toda la tripulación acepte sin reservas o mejor una flota de ágiles corbetas en la que a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Todas las solidaridades de hecho que se quieran, todas las loas al método comunitario que sean convenientes y toda la ingeniería constitucional que proceda, pero una Europa a medias no será nunca una Unión Europea. No se trata del maximalismo del todo o nada, se trata simplemente de consistencia, grandeza y visión. Y eso, se tiene o no se tiene. Si se tiene, no hay metas inalcanzables por ambiciosas que sean, si no se tiene, el fracaso queda garantizado.

 

 

                                     Aleix Vidal-Quadras 

LA ENFERMEDAD Y LOS SÍNTOMAS

         Europa está gravemente enferma y dedicamos grandes esfuerzos a tratar los síntomas de los males que la aquejan. De hecho, Alemania es la que hasta ahora ha pagado la mayor parte de los analgésicos y los antipiréticos destinados a aliviar los sufrimientos de una Unión postrada de dolor y de fiebre. La patología que desde el primer rescate de Grecia amenaza con acabar con la vida del euro está perfectamente diagnosticada y no es la crisis financiera internacional, circunstancia externa que se ha limitado a ponerla en evidencia. La infección que nos devora es un endeudamiento excesivo, que probablemente nunca podremos satisfacer, una desconexión suicida entre una moneda común y unas líneas de acción económicas nacionales absolutamente irresponsables, unos sistemas de protección social insostenibles destinados a ganar votos a costa de la competitividad del modelo productivo y en la base de todo una concepción de la existencia humana carente de valores fuertes y dominada por la predominancia letal de los derechos sobre las obligaciones. Por tanto, el problema europeo en estos tiempos de tribulación no es de simples desajustes técnicos, es de raíz, y afecta a los fundamentos antropológicos y morales de nuestra sociedad. Por mucha deuda española e italiana que compre el Banco Central Europeo en los mercados secundarios, eso no cambiará una situación que trae causa de errores muy profundos de los que, por cierto, poca gente habla con claridad. Tras meses de vacilaciones y dudas, parece que por fin los primeros mandatarios europeos se han decidido a ir más allá de las aspirinas para empezar a prescribir antibióticos de amplio espectro y consideran ya la posibilidad efectiva de establecer un gobierno económico comunitario con poderes sobre la fiscalidad, las pensiones, el régimen laboral y el volumen de déficit permitido a los Estados Miembros. Sin duda, ese es el camino que puede restaurar la confianza y no la creación de los eurobonos, que sólo hubiesen debilitado a los fuertes sin garantizar el fortalecimiento de los débiles. La puesta en común de la deuda de los diecisiete socios de la Eurozona es una medida acertada si se implanta previamente un mecanismo eficaz de disciplina fiscal y de mejora de la competitividad que obligue a todos, de lo contrario únicamente serviría para retrasar artificialmente el colapso. Las cosas no se pueden hacer a medias y una política monetaria común exige una política económica también común. El euro ofrece grandes ventajas, de las que los españoles hemos disfrutado embriagados durante una década, pero también tiene una cara amarga que no hemos querido ver hasta que nos han obligado. Queda por saber si la velocidad a la que Europa va a reconocer la verdadera naturaleza de sus tribulaciones y a aplicar los remedios necesarios será suficiente para salvarnos a estas alturas del desastre.

 

                                        ©Aleix Vidal-Quadras   

GALGOS O PODENCOS

        Alemania y Holanda siguen insistiendo en que la banca privada ha de participar en el segundo rescate de Grecia, pero ni concretan en qué forma ni acaban de imponer su punto de vista al resto de miembros del Eurogrupo. Reunión tras reunión, declaración tras declaración, rabieta tras rabieta, la incertidumbre crece y las primas de riesgo se disparan en España e Italia. Sólo faltaba el espectro de ZP lanzando junto a Van Rompuy serias admoniciones a Alemania para que “asuma su responsabilidad en el proyecto europeo”. ¿Y la suya? ¿Qué responsabilidad ha demostrado el Gobierno español que preside en la gestión de la crisis a lo largo de los últimos tres años? Pasividad inicial hasta extremos suicidas, medidas keynesianas contraproducentes a continuación, arrastre de pies ante la necesidad de reformas, reducción del déficit mediante recortes dónde más duele mientras continúa incrementándose el empleo público y las Autonomías campan por sus respetos, incapacidad de modernizar de una vez el mercado laboral, estos son los méritos que puede esgrimir este inútil a la hora de dar lecciones a Merkel, cuya irritación está alcanzando niveles peligrosos. Por supuesto, en la presente situación de desplome de los bonos periféricos, los alemanes hacen su agosto. ¿O es que alguien cree que la política europea se rige por reglas angelicales? Socios sí, pero no primos, es la norma de aplicación en el Ecofin, y nosotros sin norte ni Gobierno y representados en Bruselas por un paleto con audífonos jugando a gran figura de la escena europea. Sin embargo, cuando todos vamos en el mismo barco o nos salvamos o nos hundimos conjuntamente y hemos llegado a un punto en que hay que tomar decisiones, mejores o peores, pero sin dilación, porque el tiempo juega en contra de Europa. Ya basta de galgos o podencos, de eurobonos sí o eurobonos no, de reestructuración de la deuda griega explícita o implícita, de flexibilizar o no el Fondo de Estabilidad Financiera o de doblar su volumen o dejarlo como está. Son las vacilaciones, las dudas y los quiebros los que nos están matando. Monnet, Schumann, Churchill, Adenauer, de Gaulle, Kohl, resucitad, os necesitamos.  

 

                                       ©Aleix Vidal-Quadras

¿PARA QUE SIRVE UN EURODIPUTADO?

                            Con motivo de la forzada polémica sobre las condiciones de trabajo de los miembros del Parlamento Europeo, algunos columnistas de pluma ágil aunque no suficientemente desprejuiciada han preguntado llenos de sana curiosidad cuál es la utilidad de los mismos. Han planteado así un interrogante muy oportuno porque el solo hecho de que personas tan bien informadas lo formulen públicamente indica que existe una preocupante ignorancia al respecto. De la misma forma que todo el mundo conoce y alaba la imprescindible función de una prensa objetiva, independiente y vigilante, sería magnífico que la ciudadanía estuviese al corriente de la valiosa contribución de la Eurocámara a su bienestar, a su prosperidad y a la calidad de nuestra democracia. La Unión Europea es una empresa económico-jurídico-política admirable sin precedentes en la Historia. El hecho de que un número tan grande de Estados decidan someterse a un derecho común, compartir instituciones y actuar conjuntamente en áreas tan decisivas como la energía, el transporte, la industria, la agricultura, el comercio exterior, la competencia y el mercado interior, hubiera sido considerado una utopía inalcanzable hace ochenta años, sin ir más lejos. Gracias a su pertenencia a la Unión, España ha duplicado su renta per cápita en el último cuarto de siglo y las oportunidades que se han abierto para nuestras empresas son impresionantes. La creación de un espacio tan vasto y poblado en el que quinientos millones de seres humanos disfrutan de libertad de circulación, trabajo y residencia y de movimiento de capitales, bienes y servicios ha multiplicado la riqueza de los europeos de manera espectacular. En este contexto, el Parlamento Europeo es la institución en la que la democracia comunitaria alcanza su máxima expresión y sus miembros, elegidos por sufragio universal, directo y secreto, colegislan en pie de igualdad con el Consejo, formado por los Gobiernos nacionales, en casi todos los dominios en los que la Unión tiene competencias. Tras la aprobación del Tratado de Lisboa, el Parlamento es probablemente la instancia más poderosa del entramado europeo y de sus debates y decisiones dependen cuestiones cruciales para la vida cotidiana de los ciudadanos. Desde la seguridad de suministro de gas a la autorización, registro y evaluación de productos químicos, pasando por la gestión de la inmigración o los acuerdos de pesca con terceros países, hasta los derechos de los usuarios de la sanidad pública, los límites de emisión de los tubos de escape o el tiempo de descanso de los conductores de camión, el Parlamento elabora y aprueba directivas, reglamentos e instrumentos financieros que después se trasponen a las leyes nacionales hasta el punto que el setenta por ciento de las normas que hoy nos afectan tienen un origen europeo. Hace doce años que me honro en trabajar en la casa de la democracia comunitaria y puedo atestiguar que mis colegas son en su inmensa mayoría gentes de elevado nivel profesional, académico y político, que desempeñan su cometido en varias lenguas con jornadas de trabajo de entre doce y catorce horas con un nivel de motivación y calidad verdaderamente encomiable. Saben que de sus aciertos o de sus errores dependen críticamente asuntos clave para sus representados y procuran estar a la altura de esta trascendental responsabilidad. Una experiencia que aconsejo a los comentaristas que estos días se han lanzado a un alud de epítetos y valoraciones no siempre ecuánimes es la de acompañar a un eurodiputado durante una semana de trabajo en Bruselas o en Estrasburgo y tomar nota detallada del empleo de su tiempo, de la complejidad y la importancia de los temas que trata, de su estilo de vida y de su dedicación. Estoy seguro que tras este conocimiento directo del mundo parlamentario europeo, sus futuras apreciaciones sobre este microcosmos multinacional, multilingüe y multicultural serán bastante más ponderadas.

                                ©Aleix Vidal-Quadras 

 

CONCIENCIA MORAL

      

      El rotativo británico Sunday Times destacó recientemente a un equipo de periodistas de investigación al Parlamento Europeo con el fin de averiguar el nivel de honradez de sus miembros y publicar el correspondiente reportaje. Estos profesionales de la información fingieron ser representantes de una consultoría que supuestamente trabajaba para una serie de compañías en labores de asesoramiento y relaciones públicas. Bajo este disfraz contactaron a sesenta diputados de diferentes países y filiaciones políticas a los que ofrecían el siguiente  trato: el diputado era nombrado consejero de un órgano asesor con una sustanciosa remuneración anual y a cambio de tal prebenda se comprometía a velar por la conveniencia de los clientes de la imaginaria consultoría, incluyendo entre sus obligaciones la presentación y tramitación favorable de enmiendas a la legislación en curso de acuerdo con las instrucciones que recibiera de sus empleadores. Es decir, el diputado que aceptase la componenda se prestaría a faltar a su deber de independencia y preservación del interés general para pasar a ser un instrumento al servicio de intereses particulares. Semejante comportamiento, no hay que decirlo, sería moralmente reprobable, políticamente inaceptable, legalmente delictivo e institucionalmente dañino. De los sesenta tentados, tres cayeron en la trampa y se prestaron al enjuague. Descubierto el pastel con grandes titulares, dos de ellos han renunciado a su escaño y han sido expulsados de sus respectivos partidos en Austria y Eslovenia. El tercero, de nacionalidad rumana, apartado también de su formación y de su Grupo Parlamentario, sigue de momento en la Eurocámara transformado en un paria social. Con independencia de estas sanciones políticas, las fiscalías de sus países están estudiando el caso para una eventual acción penal. Asimismo, la Oficina Europea contra el Fraude ha iniciado un procedimiento de oficio. Aunque el método utilizado por el Sunday Times incluye falsedad e incitación al delito y presenta elementos muy oscuros en términos deontológicos, centrémonos en los padres de la patria europeos que han cedido a la codicia arruinando su carrera, perjudicando gravemente a sus organizaciones nacionales, destrozando a sus familias y erosionando el prestigio de la institución de la que eran parte. Mi tesis sobre la corrupción siempre ha sido que no hay controles ni normas capaces de erradicarla por completo. Podrá ser más fácil o más difícil corromper o corromperse, pero al final el valladar definitivo contra la venalidad está en la configuración espiritual de los actores de la tragedia. Cuando en una sociedad proliferan los casos de corrupción política, administrativa o judicial, tal como ha sucedido por desgracia en España en las últimas décadas, la conclusión es que este cuerpo colectivo está enfermo. La patología que le aqueja, que no es otra que la pérdida de referentes éticos, es extraordinariamente nociva y en grados extremos, letal. El clima social que transforma la corrupción en costumbre aparece cuando el sistema educativo pierde calidad, cuando la familia se deteriora, cuando las elites abandonan los valores que vertebran la convivencia y cuando las creencias trascendentes se debilitan o se pierden. No es un proceso brusco ni instantáneo, es un veneno lento y corrosivo que va minando los fundamentos del sistema y que desemboca en su colapso. No son las leyes la mejor vacuna contra la corrupción, sino la forja de una conciencia moral limpia y sólida en cada ciudadano. Tres ovejas negras en una muestra de sesenta se traducen en un porcentaje del cinco por ciento. Demasiado alto en uno de los ecosistemas políticos considerado hasta hoy como de los más limpios del mundo.

 

                                                        Aleix Vidal-Quadras

EL ATAQUE DEL IMPERIO CAROLINGIO

                  La Unión Europea es un espacio de colaboración, cohesión y solidaridad, sin olvidar su naturaleza de comunidad de valores. Quinientos millones de personas y veintisiete Estados soberanos se someten a un Derecho común y comparten instituciones que legislan, deciden y acuerdan políticas conjuntas en beneficio de todos. Esa es la parte buena del proyecto de integración. La mala es que, a la que te descuidas, te roban la cartera. Francia y Alemania se disponen en las próximas semanas a intentar poner en marcha una cooperación reforzada para lanzar una patente de la Unión en virtud de la cual los solicitantes de esta protección a sus innovaciones deberán presentar la documentación correspondiente en francés, inglés o alemán, con exclusión de cualquier otra lengua comunitaria. Esta propuesta de patente en sólo tres lenguas ya ha cumplido una década y hasta ahora países como España, Italia y Portugal, se habían negado a semejante arreglo por discriminatorio e incompatible con los Tratados. Vista la imposibilidad de alcanzar la unanimidad, el comisario de Mercado Interior, francés, por cierto, se ha liado la manta a la cabeza y se ha descolgado con la idea de la cooperación reforzada, fórmula prevista en el ordenamiento europeo para facilitar que una serie de Estados, deseosos de avanzar en la unidad continental, pongan en marcha una iniciativa a la que posteriormente los demás, a medida que estén preparados, se vayan incorporando. El ejemplo típico es el euro y la política monetaria común. Sin embargo, en el caso de la patente europea, no son aplicables los supuestos de la cooperación reforzada y asombra la desfachatez franco-alemana al proponerlo. En este tema hay unanimidad porque todos coinciden en la necesidad de una patente válida en el territorio de la Unión, evitando así los costes de registrarla en cada uno de los Estados-Miembros. Sobre lo que existe la discrepancia es sobre el régimen lingüístico, respecto al cual es exigible, mira por donde, la unanimidad. Por consiguiente, no estamos hablando de progresar en el camino de la integración, sino de imponer a una parte de la Unión unas condiciones relativas al mercado interior que proporcionan injustificables ventajas competitivas a las empresas de determinadas nacionalidades. La solución lógica es que se produzca una renuncia generalizada a la propia lengua y la patente de la Unión se materialice únicamente en inglés, idioma ya consagrado como la lingua franca global de los negocios y la tecnología. Este tema dará mucho que hablar en el inmediato futuro y pondrá a prueba los fundamentos conceptuales, morales y jurídicos de la Unión Europea. España ha de establecer las alianzas necesarias, tanto en el Consejo como en el Parlamento, con el fin de resistir primero y desactivar después este ataque prepotente del imperio carolingio porque de lo contrario quedará consagrado un modelo europeo en el que ciertos Estados señores dictarán su voluntad a los restantes, reducidos a la categoría de siervos. Hasta aquí. 

 

EN BRUSELAS PINTAN BASTOS

            Hace años que venimos oyendo que la existencia de una zona monetaria común sin una estrecha coordinación de las políticas económicas y fiscales de los países que la integran resulta a la larga insostenible. La experiencia de la zona euro nos lo ha demostrado ampliamente con las catastróficas consecuencias de todos conocidas. El Pacto de Estabilidad ha demostrado ampliamente su inoperancia y la crisis financiera global ha puesto al descubierto las vergüenzas de algunos Estados Miembros que no sólo han desequilibrado irresponsablemente sus cuentas públicas, sino que han llegado al extremo de presentar datos falsos a la Comisión. Dado que esta situación es insostenible y que se trata de impedir que unos pocos desaprensivos arruinen al conjunto, la Comisión ha propuesto una serie de medidas de control y de sanciones a los incumplidores que representan un cambio constitucional encubierto de la Unión Europea. Los presupuestos nacionales, los esquemas tributarios e incluso las políticas concretas que incidan en la competitividad serán sometidos preventivamente al escrutinio de la Comisión, que podrá hacer recomendaciones, rechazar aspectos específicos e imponer severas sanciones. De hecho, este planteamiento equivale a la creación de un gobierno económico supranacional, asunto que era tabú antes del cataclismo que nos ha precipitado a una recesión mundial sin precedentes. Ya nada será como antes, ni el modelo social europeo ni la gestión de los déficits ni el papel de los sindicatos. En Bruselas pintan bastos y más vale que ZP lo entienda de una vez por todas y deje de arrastrar los pies a la hora de recuperar la sensatez. La alternativa es sobrecogedora: España intervenida, el euro amenazado y los parados asaltando los supermercados. Estamos en tiempo de descuento y cualquier vacilación nos arrastrará al abismo.  

 

                                                                     

UNA VISITA DESHONROSA

El cinismo del régimen teocrático de los ayatolás iranís alcanza cotas de difícil superación. En su comparecencia a puerta cerrada hace dos días ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, el ministro Manoucher Mottaki presentó el programa nuclear que se desarrolla en su país y la situación de los derechos humanos en Irán bajo un prisma idílico que dejó boquiabiertos a los presentes. Un grupo nutrido de Eurodiputados de diversas nacionalidades esperábamos a Mottaki en la puerta de la sala exhibiendo fotografías de Neda, la joven asesinada por las fuerzas de seguridad en las calles de Teherán junto con otros muchos manifestantes contra el fraude de las últimas elecciones presidenciales. El objetivo del Gobierno iraní forzando esta presencia en la Eurocámara era obvio: transmitir una apariencia de normalidad en sus relaciones con la Unión Europea y seguir sembrando la confusión. Sin embargo, su plan falló anteayer estrepitosamente. El ministro tuvo que oír a la entrada  de la reunión como los miembros del Parlamento le increpaban llamándole asesino y posteriormente en el turno de intervenciones las más suaves fueron de tono marcadamente crítico y las más duras le pusieron verdaderamente contra las cuerdas. Dado que se refirió en su alocución a los Diputados como “queridos amigos”, yo en mi turno le rogué que no me considerase su “amigo” porque en nuestro Parlamento no somos amigos de gente que tortura, que asesina, que secuestra, que viola y que atropella brutalmente las libertades de sus ciudadanos. El amplio aplauso suscitado por estas palabras da una medida del clima del encuentro. Hay que ser realmente un desalmado sin escrúpulo ninguno para someterse bajo una apariencia de impavidez a semejante castigo dialéctico. Y es que conviene saber quién es Manoucher Mottaki. Cuando era embajador de Irán en Turquía un comando de agentes del régimen bajo cobertura diplomática organizó en octubre de 1987 en Estambul el secuestro del disidente exiliado Abol-Hassan Mobjtahed-Zadeh, que fue retenido y severamente torturado durante un año. Posteriormente, le ataron y amordazaron introduciéndolo en el maletero de un coche con la intención de trasladarlo por carretera hasta Irán y allí seguir interrogándolo hasta acabar con su vida. Afortunadamente, la víctima pudo hacer notar su presencia dando patadas contra la tapa del maletero en una parada para repostar. La policía turca acudió y le liberó arrestando a los esbirros, que fueron posteriormente expulsados. Este es, pues, Manoucher Mottaki, un delincuente, un gánster al servicio de una ideología fanática, cruel y totalitaria claramente equiparable a los horrores nazi y comunista que amenazaron al mundo  en el pasado siglo. Por eso causa indignación y estupor que un Parlamento democrático abra sus puertas a un representante tan significado de un sistema político que representa la mayor amenaza para la estabilidad y la paz a la que hoy se enfrenta Occidente y que tiene a sus espaldas centenares de miles de crímenes espantosos. Desde luego, somos muchos los Eurodiputados que rechazamos semejante oprobio y que haremos todo lo posible para que no se vuelva a repetir.  

                                                                                 

 

CHOPIN A TEMPO LENTO

  El  tremendo accidente aéreo de Katyn en el que han fallecido el presidente de la República polaca, su esposa, la cúpula militar del país, altos cargos del gabinete del Jefe del Estado, varios ministros, numerosos diputados y destacadas figuras de la vida cultural, social y académica de la nación más grande de Europa Oriental, ha conmocionado a la opinión pública de nuestro continente y ha infligido una nueva y terrible herida a uno de los pueblos europeos al que la Historia ha dejado ya demasiadas cicatrices. Polonia acumula siglos de tremendo sufrimiento y llegó a desaparecer del mapa, tragada por Rusia, Prusia y Austria, durante ciento veinte años. Más tarde, una vez recuperada su soberanía y su territorio, fue sucesivamente sojuzgada por la Alemania nazi y por la Rusia soviética, con una secuela espantosa de muerte y destrucción. Es por eso que los polacos parecen siempre desprender un aire trágico y poseen la fuerza sobrecogedora de los que saben que la línea que separa el ser de la nada es delgada e incierta. La ceremonia celebrada esta mañana en el hemiciclo del Parlamento en Bruselas en recuerdo de las víctimas de la reciente catástrofe ha destacado por su sobriedad y su serena belleza. Envuelto en un silencio denso, el presidente de la Eurocámara y  ex-primer ministro polaco, Jerzy Buzek, enfundado en un traje negro que contrastaba con la nieve venerable de su cabello, ha pronunciado una oración fúnebre cuya economía verbal y sinceridad impactante ha reflejado a la perfección la solemnidad del momento y la profundidad del dolor de cuarenta millones de sus compatriotas. Las fotografías de los desaparecidos han ido apareciendo en dos grandes pantallas mientras una sucesión de diputados polacos leía sus nombres y una fila de niños y preadolescentes de esa nacionalidad giraba en torno a un búcaro en el que depositaban a cada evocación una rosa de desolada blancura. Al término de la lista se ha guardado un minuto más de emocionado silencio y un piano oculto ha desgranado con majestuosa parsimonia, como si depositara cada nota en la eternidad, la Marcha Fúnebre por antonomasia. Ya en el camino de salida me he acercado a Jerzy Buzek para abrazarle y me ha dicho unas palabras capaces de pulverizar cualquier tentación euroescéptica: “Alejo, Europa existe, Europa está aquí esta mañana. Hemos de seguir trabajando para que siga adelante” Y en este momento una imagen que durante el acto ha impresionado mi retina me ha venido a la mente como un relámpago revelador, la de varios diputados que no podían contener los sollozos, desbordados por la magnitud de la pérdida. Eran diputados alemanes. En efecto, Europa por fin existe y no hemos de permitir que nadie nos la arrebate.