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UNA CELEBRACIÓN HUECA
El pasado seis de diciembre conmemoramos la aprobación de la supuestamente vigente Constitución. Discursos, cócteles, parabienes y sonrisas que encubren una realidad amarga y decepcionante: nuestra Carta Magna es hoy un papel mojado que nadie respeta, ni siquiera los magistrados llamados a ser sus intérpretes supremos. Si se examinan fríamente el proceso mediante el cual fue concebida, el resultado al que condujo aquel tan alabado consenso y la forma en la que se ha ido desarrollando durante las tres décadas largas de su existencia, no podemos extrañarnos de la situación en la que nos encontramos, caracterizada por un profundo deterioro institucional y por una alarmante fragmentación de la unidad nacional. Hubo tres fallos de partida que han condicionado la evolución negativa posterior de los acontecimientos, la suposición de que la transformación de la estructura territorial del Estado calmaría a los nacionalistas integrándolos en la tarea común, la confianza en que el método dispositivo para configurar las Autonomías sería manejado con sensatez y la seguridad de que los dos grandes partidos nacionales pondrían siempre el interés general y el sentido de Estado por encima de sus apetencias de poder y de sus necesidades electorales. Esta apreciación errónea de factores tan básicos nos ha conducido gradual pero inexorablemente al desastre actual, agravado sin duda hasta extremos angustiosos por la crisis económica devastadora que atravesamos. La reciente victoria en las urnas del Partido Popular por mayoría absoluta ha representado sin duda un alivio y ha abierto ciertas posibilidades de recuperación de un país destruido por los particularismos, la corrupción, la incompetencia de sus gobernantes, la partitocracia y el relativismo moral, pero la redistribución del voto de la izquierda y el ligero aumento de sufragios a favor del ganador respecto a 2008 no nos ha proporcionado lo que de verdad necesitamos, a saber, un auténtico land slide, un trasvase masivo de papeletas hacia el centro-derecha que lo sitúe en posición de utilizar el artículo 167 de nuestra Ley de leyes sin necesidad de otros apoyos. Nuestros problemas no son sólo de gestión, tienen naturaleza estructural y requieren reformas de enorme calado que no serán posibles sin una revisión muy seria de los fundamentos de nuestro ordenamiento. Para llevar adelante las iniciativas legislativas y las medidas de gobierno que la crisis nos exige, Rajoy podrá manejarse con la fuerza parlamentaria que le han dado los españoles, para remediar los males que nos aquejan en la raíz del sistema le faltan veinticuatro escaños hasta alcanzar los tres quintos indispensables. Por eso sus declaradas intenciones de contar con todo el mundo suenan tan impregnadas de melancolía. Su larga experiencia le ha enseñado que para enderezar de verdad un rumbo completamente perdido jamás podrá apoyarse en los que viven y se alimentan de nuestras desventuras.
Aleix Vidal-Quadras
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7. Diciembre 2011 en 11:24
Estimado profesor,
creo que volvemos a lo mismo: hace falta alguien con cabeza en el PSOE. Yo apunté en su blog esto y mencioné al señor Redondo Terreros. Ussia desde La Razón hizo la misma sugerencia un poco después. Pero, independientemente de que el señor Redondo Terreros diera un paso al frente, que no creo, la limpieza que tendría que hacer en el PSOE sería de tal magnitud que los de dentro se negarían a ello.
Una alternativa es que UPyD, que es un PSOE bis pero sin enajenados al frente, se quite la careta y le robe el sitio al PSOE. Pero para eso hace falta un milagro, y que pasen cuatro años.
En fin, que Dios ilumine a Mr Rajoy.
Saludos
Venancio
7. Diciembre 2011 en 17:34
Lo veo díficil, pues a los políticos les gusta que haya “merde” o sea lios. Si no, no se divierten. O sea que tienden siempre a complicar las cosas.
7. Diciembre 2011 en 20:41
Don Alejo, el PSOE dice que colaborará con el PP.
Yo me temo que Mariano decida negociar el indulto a (mejor dicho la impunidad de) Alfredo a cambio de que el PSOE no le ponga trabas al PP en la reforma del estado.
Otro consenso por lo bajini, que a la larga, sería tan perjudicial como lo fué el de 1978. Y es que el fin, no justifica los medios.
Saludos,
Antonio.
8. Diciembre 2011 en 11:18
La Constitución… papel mojado. Sin mucho ruido, todo aquel a quien le incordia algún artículo de la misma no tiene más que ignorarlo y seguir a la suya. Ahí el ejemplo del nacionalismo catalán, descaradamente incumpliendo los fallos de los Tribunales, proclamando a derecha e izquierda que son “soberanos” para acatar, cambiar, ignorar y lo que les plazca, con respecto a la Ley de Leyes… Y mientras… ¿qué hacen los que se supone han de velar por el justo cumplimiento de la más alta Ley? ¿qué hace la jefatura del Estado? ¿qué hacen los sucesivos gobiernos de la nación?… Miran hacia otro lado.
Luego o jugamos todos con las mismas reglas o aquí no hay juego ninguno que valga. Ni tres quintos ni ocho cuartos, aquí se tercia un cambio de rumbo radical, cambio refrendado y apoyado en la inmensa mayoría de la sociedad que lo está pidiendo a gritos, en el sentido de Estado, en la defensa de las libertades ganadas con esfuerzo y en el porvenir de nuestra Nación. No hay más.
8. Diciembre 2011 en 18:16
Con todo, ¿de qué nos sorprendemos? Una celebración hueca… como hueca está la mayoría de las mentes de los que en tales eventos se pasean y obedientemente acuden al besamanos de sus Majestades. Menos mal que es la última en la que gobiernan esos que ahora, deprisa y corriendo, andan buscando hueco donde recolocarse. Y así, un triste aniversario de la Constitución, ella misma papel más que mojado, pues no podía ser de otra forma, insulso acto institucional con versos bucólicos del santísimo Bono, el que hemos tenido que soportar. Y es que, también, con la “categoría” y “profesionalidad” de nuestros políticos hemos ido a topar. Así, y no me falla la memoria, éstos que se van han estado en nuestro consejo de ministros y han puesto en la presidencia de comunidades autónomas a individuos sin ningún tipo de titulación superior (Montilla); y, desde luego, de ninguno de ellos cabe decir que haya destacado en su gestión por lo acertado de la misma, sino antes bien por lo contrario. Nuestra clase política está empezando a ser, si es que ya abiertamente no lo es, el perfecto reflejo de la sociedad que ella misma ha creado y de la que muy mucho puede ya empezarse a sospechar que mantiene por propio provecho en el estado en el que, con respecto a lo de la formación y la cultura, se encuentra. Podemos, pues, sorprendernos y podemos, incluso, hacerlo hasta por defecto, pues motivos y causas para ello nos sobran. Y, más allá de toda sorpresa, de lo que podemos tener plena certidumbre es, por ejemplo, de la total incapacidad para ocupar cargo de la más mínima relevancia de un individuo cuya primera gran jugada en su inauguración política fuera el proponer a los cuatros vientos la institución de no se sabe qué Alianza de civilizaciones. Y es que ¿qué era aquello? ¿Qué tenía dicho personaje en la cabeza al presentar tal cosa como solución al problema internacional del terrorismo? ¿Pensaba, quizás, en una institución supranacional que hubiera de sustituir, en función de un previsible éxito, a la Organización de las Naciones Unidas? ¿Una institución, entonces, de la cual fueran miembros civilizaciones en vez de estados? Y, en todo caso, ¿nos presentó alguna vez, siquiera y por empezar a dotar de contenido a tan huera propuesta, una taxonomía de tales civilizaciones? ¿Nos dijo qué definía a sus ojos a una civilización dentro de tal contexto? ¿O es que eso, como es propio que afirme el que habla de cualquier cosa sin conocimiento de causa, “Ya sabe todo el mundo lo que es”? ¿Vale entonces que proponga yo que las respectivas civilizaciones hubieran debido ser la occidental, islámica, oriental, tagala, inuit, zíngara, cordobesa, sudeuropea, índica…? Y es que, dependiendo del criterio que eligiera, daría para que cada una de ellas fuera llamada civilización; y, si no quiero discriminar, puedo mezclar todos los posibles criterios (cabe, claro, que ello sea muy “progresista”). Y, por lo demás, ¿cómo habría debido elegir cada una de tales nunca definidas civilizaciones a sus respectivos representantes ante dicha Alianza? Obviamente, quien tal propuso estaba hablando de nada (es decir, hablando por hablar) y dicha alianza acabó resolviéndose, por ello, en nada, excepto por unas cuantas reuniones o congresos de no se sabe qué, con los amigos turcos, celebrados en nuestro territorio y a expensas de nuestro erario público con la participación de igualmente no se sabe qué agrupaciones de tal o cual país del tercer mundo, de las cuales salieron demasiadas subvenciones para proyectos quizás bienintencionados y hasta necesarios, pero que a todas luces no podía permitirse en tal medida una nación en una situación económica como la nuestra. Todo fue, pues, por el personal prestigio de dicho individuo (y, en este sentido, fue, además, en vano) y por el prurito de no reconocer que se había dicho una soberana sandez. Y es que ya se sabe quién dice sandeces, ¿no? En efecto, un sandio.
Pero, claro, si de sandeces hablamos, ¿vamos a olvidarnos de que el mismo individuo andaba aún afirmando ante el mundo entero, al hacerlo públicamente en la cumbre de Copenhague de 2009, cosas de tal nivel como «La tierra no pertenece a nadie; sólo al viento»? Sería, por descontado, para preguntarle a renglón seguido, pues, a quién pertenece éste. Pero, en fin, los asistentes a dicha cumbre, no acostumbrados a nivel tan vacuo y pobre de discurso, tan sólo pudieron sorprenderse (y aquel, claro, sólo supo tomar a tal sorpresa por muestra de que su verbo florido les había por fin cautivado); y luego fue la grabación de aquello repetida machaconamente por las televisiones de los más diversos países mientras presentadores y comentaristas, con toda causa, motivo y razón, se chanceaban y befaban de tal aseveración (es decir, ocurrencia), la cual no hacía sino probar lo obvio: que, por increíble que resulte y por imposible que hubiera debido ser, a semejante individuo muy bien le ha ido en la vida con tan ínfimo nivel de discurso (ahí está el señorito hasta donde ha llegado) y que en nuestro país resulta el mismo no ya sólo aceptable, sino normal y pan de todos los días. Y en fin, si ahí no estuviera él, bien están otros, como el promocionado señor Chaves, declamador portentoso (quiero decir portentosamente horrendo); o, si no y por mencionar a otro figura, José Blanco, a quien se deben perlas tan imperdonables como aquel «Eso fue una orgía colectiva» que, tan campante, pronunció cuando se le requirió su opinión sobre no sé qué acto o mitin del PP, cual si de por sí una orgía fuera algo negativo y como si cualquier y toda orgía no fuera, esencialmente y por necesidad, algo colectivo. Y es que, vamos, ¿cómo me definiría nadie y cómo sería en la práctica una posible orgía individual? En fin, todo por ser incapaz de articular la expresión popular que, en todo caso, correspondería; cosa, quizás, como “Fue una merienda de negros”, aunque bien podría haber dicho (¿pero qué cuesta algo así?) cosa como “Fue un aquelarre”. Y como nada de lo ahora mencionado resulta ser una sola golondrina (en el caso del esclarecido Blanco estamos hablando, por ejemplo, de alguien que no diferencia entre oír y escuchar), resulta que en esa triste jornada del 6 de diciembre estábamos como en pleno verano. De hecho, uno eterno y tórrido, siquiera sea por el perenne sonrojo provocado por la vergüenza ajena; ¡la vergüenza de haber aguantado a esos mastuerzos ocho terribles años!
9. Diciembre 2011 en 14:47
¿Y ahora?
9. Diciembre 2011 en 14:50
No es cuestión del 167 (tres quintos) ni 168 (dos tercios). Es que se necesita un consenso mayor. El PP tiene necesidad del partido de centro izquierda (PSOE o UPyD)
9. Diciembre 2011 en 14:52
No soy capaz de superar la prueba matemática. Lo he intentado todo.
12. Diciembre 2011 en 17:54
Celebro que un político tan respetado como usted aproveche el llamado Día de la Constitución para recordarnos, a los de a pie, que nuestra Carta Magna es hoy papel mojado. Hay que decirlo con toda claridad y sin tapujos, a fin de que tomemos conciencia de la triste realidad de una nación poseedora de una Constitución inoperante.
Gracia por ello.