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UNA EUROPA A MEDIAS
Los padres del proyecto de integración europea, hombres sabios, serenos y testigos de horrores sin medida, eran conscientes de la tremenda dificultad de la erección de una entidad jurídico-político-económica que uniese a países de lenguas, culturas, historias e intereses diversos e incluso antagónicos, pueblos de largas trayectorias de enfrentamientos y guerras, portadores de relatos en los que el villano de uno era el héroe del otro. El Estado-Nación, esa construcción de la modernidad, es un ser casi orgánico, terriblemente celoso de sus competencias y de su identidad, que se resiste con fiero instinto a ceder soberanía a niveles normativos y ejecutivos superiores. De ahí la recomendación resignada de los “pequeños pasos”, los meandros, los avances y los retrocesos, las crisis institucionales recurrentes, la decepción de la fallida Constitución y el traído y llevado déficit democrático. La presente situación límite, en la que unos cuantos Estados-Miembros se encuentran al borde de la quiebra y la moneda única en peligro de desaparecer, nos coloca de nuevo frente a la gran paradoja europea: un conjunto de Estados soberanos que renuncian a parte de su soberanía para someterse a leyes comunes y para hacer juntos cosas que benefician a todos sin por ello perder su personalidad histórica, su independencia y su capacidad de defender en último término lo que consideran el núcleo irrenunciable de sus propios objetivos y necesidades. Esta paradoja es de difícil superación y mantiene a la Unión en permanente y agónica tensión. Los ejemplos se multiplican. No es posible articular una zona monetaria óptima con una política monetaria común, un banco central común y una divisa común y a la vez dejar que cada uno campe por sus respetos en sus políticas económicas y fiscales. No es posible diseñar un mercado integrado de la energía sin disponer de las infraestructuras físicas que lo hagan posible y mientras las relaciones comerciales con suministradores externos sean puramente bilaterales y el mix energético de cada socio sea decidido prescindiendo por completo de los demás. No es posible afrontar los grandes problemas internacionales ni sentarse a negociar con las potencias regionales hegemónicas en forma de guirigay caótico de voces simultáneas y superpuestas debilitando hasta extremos ridículos los instrumentos comunes de acción exterior. Ante tanta contradicción y tanta ineficacia, clamamos ¡Más Europa! ¡Más Europa! entre miradas de reojo y codazos arteros. La conclusión es inevitable e ineludible: O estamos de verdad en el mismo portaviones y entonces hace falta un capitán, un rumbo y un destino que toda la tripulación acepte sin reservas o mejor una flota de ágiles corbetas en la que a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Todas las solidaridades de hecho que se quieran, todas las loas al método comunitario que sean convenientes y toda la ingeniería constitucional que proceda, pero una Europa a medias no será nunca una Unión Europea. No se trata del maximalismo del todo o nada, se trata simplemente de consistencia, grandeza y visión. Y eso, se tiene o no se tiene. Si se tiene, no hay metas inalcanzables por ambiciosas que sean, si no se tiene, el fracaso queda garantizado.
Aleix Vidal-Quadras
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3. Diciembre 2011 en 20:46
En efecto. Este es un punto de inflexión para europa. O vamos todos a una, o vamos unos pocos a una o vamos cada cual a la nuestra. No hay más opciones. Y si los españoles queremos pertencer al mismo grupo en el que está alemania, deberemos ser tan competitivos como los alemanes.
Aquí los mercados no son unos entes malvados que van contra europa, sino quienes han hecho ver a los políticos (de ayer que diseñaron la unión y a los de hoy que la mantienen igual) que se equivocan.
Saludos,
Antonio.
3. Diciembre 2011 en 22:28
Aparentemente la historia de Europa se repite, cada cual a su propio interés, y como dice D. Alejo, se trata de consistencia, grandeza y visión, y creo debemos añadir, razón en tanto que gobernadora de lo racional, siendo esto último lo único capaz de gobernarse.
Saludos
4. Diciembre 2011 en 17:44
Estoy de acuerdo. Europa unida.
Sin embargo, ampliaría el punto de vista de este post. Hay un hecho experimental que merece ser considerado: Tras miles de años de guerra, masacres y destrucción, el periodo más largo de paz en la historia de Europa va desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta los terribles acontecimientos en los Balcanes en los años noventa (provocados por el nacionalismo, por cierto).
Esa paz vino de la seguridad militar (y no de las ansias infinitas de paz de nadie en particular). Y con la seguridad vino la estabilidad, y con la estabilidad el progreso.
Eso se le debe agradecer a la OTAN y a los Estados Unidos. América, en general, hispana o anglosajona, es el aliado natural de Europa en el mundo. También lo es Israel, única democracia entre sultanatos, califatos y dictadoratos en general.
El antiamericanismo chusco y sectario de la izquierdosidad europea se me hace muy irritante.
4. Diciembre 2011 en 18:28
Buenas dosis de “europeización” necesita España. Sin más, un vistazo al nivel cultural del español medio y uno muere de tristeza y asco. De una cultura trivial, mínima pero bien entendida, se ha pasado a la cultura de lo banal, de lo cutre, si hizo tabla rasa y se generalizó la cultura del buenismo, del placer por lo mundano, efímero y de poco esfuerzo. No, no nos liemos con plantar picas en Flandes ni queramos dar lecciones de europeismo. Todo lo contrario, dejemos que Europa nos invada, nos ocupe, nos enseñe y nos eduque.