Archivo para Enero 2011

LOS MITOS DEL PATRIARCA

             La lectura de los desvaríos crepusculares de Jordi Pujol en el boletín de su centro de estudios confirma que la edad va destapando paulatinamente nuestro verdadero pensamiento. Existen dos mitos alimentados por el imaginario nacionalista catalán que a estas alturas de la historia están absolutamente reñidos con la realidad. El primero nos presenta a Cataluña como el motor de España, como el elemento modernizador y dinamizador de un Estado dominado por castas mesetarias arcaicas, indolentes y caciquiles en el que el noble y mediterráneo Principado se ahoga incomprendido y encuentra una resistencia invencible a sus propuestas vanguardistas y creativas. El segundo dibuja el cuadro de una Cataluña deseosa de encajar en España y de aportar su energía y vitalidad a la prosperidad general, pero que ante la incomprensión del centralismo madrileño, que la expolia económicamente, la oprime culturalmente y la somete políticamente, se ve abocada al secesionismo, incluso contra su voluntad. Ninguno de estos dos cuentos, nacidos hace un siglo en un contexto completamente distinto, tiene hoy vigencia alguna. Cataluña ya no es el motor de nada, ni siquiera de sí misma. Sus cifras de crecimiento son decepcionantes y ha sido claramente rebasada en competitividad y en capacidad innovadora por la Comunidad de Madrid y por la Comunidad Valenciana, por citar dos ejemplos notorios. España, por su parte, hace tiempo que no responde a la descripción amarga de los autores de la generación del 98, sino que se ha transformado en un país occidental avanzado, miembro de la Unión Europea y plenamente situado en el grupo de cabeza de las naciones desarrolladas del mundo globalizado. La desventurada Cataluña, después de la plaga de langosta tripartita, ha degenerado en una sociedad provinciana, ensimismada y regresiva que provocaría el horror de los prohombres de la Lliga si volviesen a la vida. En cuanto a la supuesta buena voluntad del nacionalismo catalán respecto a la matriz española, suena a sarcasmo. Fue precisamente Pujol el que acuñó el concepto de “gradualismo”, que consiste esencialmente en ir avanzando paso a paso hacia la independencia mediante la polisemia y el regate sucesivo. La invocación de esta supuesta lealtad defraudada cuando el nivel de autogobierno catalán ha rebasado lo que sería constitucionalmente prudente, representa una muestra de cinismo extremo. Si de algo se puede acusar a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de 2006 es de excesivamente benévola, por lo que esgrimirla como motivo de supremo agravio no engaña a nadie, salvo a los ingenuos o a los ignorantes. Si Cataluña se ve castigada por una tasa de paro de las peores de Europa y sus cuentas públicas se hunden no es a causa de la cicatería del Gobierno central, sino del despilfarro provocado por la construcción de una nacioncilla inventada y por la voracidad de unas elites nacionalistas intervencionistas y corruptas. Los lamentos del ex-president resultan patéticos en unos momentos en los que el fracaso del nacionalismo excluyente a cuya resurrección dedicó tantos esfuerzos es imposible de disimular. 

                                                           

TRES PUÑALADAS EN EL ESTERTOR

              Todos los españoles saben, con independencia de su adscripción política o de su tendencia ideológica, que ZP está más que amortizado, que es ya puras cenizas a la espera de que el viento de las urnas las disperse. Sin embargo, su partido y el espeso entramado de intereses, rencores, dogmas y codicias que lo sustenta sigue ahí y no va a aceptar deportivamente la sonada derrota que le espera tanto en mayo como en las próximas elecciones generales. No en vano se ha elegido para pilotar esta amarga etapa de fracaso a un profesional de daga y embozo. La historia del PP es corta en términos históricos, de hecho nació en 1989, y está plagada de concesiones e ingenuidades. La del PSOE, en cambio, es larga y oscura, y abunda en sangre y fuego. Nuestra izquierda, aunque cubierta con el disfraz de la posmodernidad, el feminismo y el pacifismo, se asienta sobre una tradición siniestra de violencia, matonismo y desprecio por el orden constitucional. Basta recordar lo sucedido en España entre el 14 de abril de 1931 y el 18 de julio de 1936 o entre el 11 y el 14 de marzo de 2004 para hacerse un idea de como las gastan las fuerzas del progreso en nuestro país cuando se les tuercen los planes. Ahora que huelen ya el cambio de ciclo electoral y ven inevitable la pérdida del poder en bastiones que tenían por inexpugnables, no sólo no se resignan, sino que, fieles a su estilo y a su instinto, recurren al juego sucio a la desesperada. La Ley de Trato Igualitario, la creación del Consejo Estatal de Medios Audiovisuales y las palizas al enemigo indefenso son tres puñaladas en el costado de la democracia y el anuncio de lo que nos espera durante este año crepuscular del proyecto zapatético. La persecución arbitraria de los insumisos al pensamiento único prisaico, el cierre de medios de comunicación rebeldes y la aniquilación física del contrario se están preparando en el Boletín Oficial y en los cubiles de los sicarios porque este tipo de trabajo hay que llevarlo a cabo en todos sus niveles, los visibles y los subterráneos. El principal partido de la oposición ha de tomar conciencia de la situación y saber dar firme respuesta a la ofensiva que se le viene encima, sin olvidar que la mejor defensa es un buen ataque. Lo de poner la otra mejilla es sublime, pero únicamente garantiza la salvación eterna. 

                                                                        

LA CORRUPCIÓN DEL LENGUAJE

            La lucha antiterrorista se desarrolla en muchos frentes, el policial, el judicial, el político, el educativo, el sindical, el cultural y el de los medios de comunicación. Dentro de todos estos ámbitos, los etarras y sus secuaces utilizan un instrumento letal, tan mortífero para las mentes como las balas para los cuerpos, en el que son maestros: el lenguaje. Aquel que consigue imponer su terminología en una determinada esfera del debate público, es decir, que logra que su conceptualización de la realidad expresada mediante palabras se traslade a la sociedad e imponga sutilmente sus intereses y sus valores frente a los de su oponente, ha ganado la batalla de las ideas y, en consecuencia, acabará ganando la guerra. El último comunicado de ETA en el que declara un alto el fuego permanente, general y verificable, ofrece un ejemplo muy revelador de este método de erosión de la causa adversaria utilizando la retorsión de los significados en beneficio propio. La locución “alto el fuego” refleja en su acepción militar una pausa en el enfrentamiento de dos bandos igualmente legítimos, cuando lo cierto es que nos están diciendo que van a cesar durante un tiempo de cometer crímenes. Lo mismo sucede con el vocablo “conflicto” ya que una banda de delincuentes no está en conflicto con el Estado de Derecho, sino que lisa y llanamente vulnera la ley. Al reclamar “una solución justa y democrática al secular conflicto político” ocultan que la mayor injusticia es descerrajar un tiro en la nuca de una persona indefensa y que el mayor atentado a la democracia es eliminar físicamente al que piensa distinto. Si se llama a los poderes públicos a alcanzar “una verdadera solución democrática en Euskal Herria” se pretende que la gente olvide que la verdadera democracia es la que consagra el orden constitucional garante de las libertades que la actividad de los terroristas destruye y atropella. La invocación a la “liberación nacional” del pueblo vasco es otro engaño monumental si se tiene en cuenta que el régimen totalitario que ETA aspira a establecer gracias a la coacción y al chantaje es lo contrario de la libertad. En un País Vasco hipotéticamente separado de España bajo la férula del hacha y la serpiente los ciudadanos se dividirían en cuatro clases, los afines a Batasuna que gozarían de todas las ventajas, los sometidos por miedo que arrastrarían una existencia indigna, los que huirían del horror de una Corea del Norte cantábrica y los liquidados por las escuadras de la muerte marxisto-abertzales. Un panorama de lo más atractivo para los dos millones de vascos que hoy viven en una sociedad abierta, próspera y plural precisamente porque forman parte del Estado español. En cuanto a la afirmación de que “la solución llegará a través de un proceso democrático que tenga la voluntad del Pueblo Vasco como máxima referencia y el diálogo y la negociación como instrumentos” equivale a intercambiar el abandono de las pistolas y las bombas por la cesión ante sus exigencias políticas, a saber, la autodeterminación, la excarcelación de todos los presos y la anexión de Navarra, propuesta inadmisible que implicaría la derrota del Estado democrático, la deshonra de España y la humillación de las víctimas. Por consiguiente, el único camino seguro es la inquebrantable determinación de no ceder ni un milímetro hasta que ETA anuncie su disolución, entregue sus arsenales, manifieste su arrepentimiento por el sufrimiento causado y se ponga a disposición de la justicia. Sólo en este momento, el independentismo vasco, desvinculado por completo de la violencia criminal, podrá concurrir a las elecciones y someterse, como corresponde en una auténtica democracia, al veredicto de las urnas en igualdad de condiciones al resto de partidos. 

                                                                                                                                  

UN FINAL LAMENTABLE

           No cabe ninguna duda que uno de los puntos débiles de nuestro sistema político es la falta de democracia interna de los partidos, estructuras burocratizadas en las que cúpulas oligárquicas y cooptadas monopolizan un poder que se extiende a todo el entramado institucional. Tampoco es un secreto que el Partido Popular de Asturias necesita una profunda renovación y un nuevo impulso tras demasiados años en la oposición en aquel feudo socialista. Ahora bien, estas verdades incuestionables no le dan la razón sin más a Francisco Álvarez Cascos en su conflicto con la dirección nacional de la formación en la que ha militado durante tres largas décadas. En primer lugar, resulta poco creíble que alguien que jamás practicó la democracia interna cuando era Secretario General del PP, la reclame ahora airadamente. Recuerdo perfectamente que tras el magnífico resultado obtenido por el PP de Cataluña en el otoño de 1995 con triplicación de escaños y un porcentaje de votos en unas elecciones autonómicas todavía no alcanzado hoy, Cascos sacó en hombros en plan torero al entonces presidente del PP catalán del hotel en que se celebraba el éxito. El verano siguiente, el mismo que había ensalzado hasta el ditirambo al triunfador, actuaba como brazo ejecutor de su apartamiento de la política catalana en virtud de los acuerdos alcanzados entre Aznar y Pujol. Se le impidió presentarse a un Congreso Regional que tenía ganado y el argumento del ahora campeón de la democracia interna, según consta en las hemerotecas, fue que un partido es como una orquesta en la que todos deben tocar la misma partitura bajo la batuta del director y el que no esté de acuerdo, que se marche. Por consiguiente, el espectáculo al que estamos asistiendo estos días es un tanto grotesco. Si se hiciera una encuesta a todos los responsables territoriales del PP de la época en que Cascos sentaba sus reales en la planta séptima de Génova 13 sobre su forma de entender la disciplina y sobre su modo de tratar a sus subordinados, el resultado no sería precisamente favorable al presunto salvador del centro-derecha asturiano. Por otra parte, si hay un defecto letal para un político, es la soberbia. Y la reaparición del antiguo hombre fuerte del PP ha sido muy típica suya: aquí estoy yo y todo el mundo a obedecer y a someterse dado el inmenso favor que les hago aceptando encabezar la candidatura. Como es natural, la reacción de la actual Secretaria General nacional y de no pocos de sus correligionarios asturianos ha sido la misma que la de los romanos cuando vieron aproximarse a Atila. Otro detalle que conviene no olvidar es que fue Francisco Álvarez Cascos el que provocó en 1998 la salida del PP del gobierno del Principado con escisión incluida por su enfrentamiento puramente personal con Sergio Marqués, en una muestra antológica de prepotencia y de autoritarismo. Por último, se necesita ser irresponsable y frívolo para organizar semejante montaje en una etapa de la vida española en la que la Nación atraviesa una crisis de una magnitud pavorosa y en la que no hay que desviar ningún esfuerzo del objetivo principal, que no es otro que la recuperación del rumbo perdido tras el desastre zapatético. Parece mentira que una persona que se había retirado a la actividad privada con un caudal apreciable de reconocimiento por sus valiosos servicios a España, se haya ofuscado hasta el punto de protagonizar lo que será un final lamentable de una trayectoria discutida, pero hasta la fecha respetada. Y es que debe ser terrible que le apliquen a uno su propia medicina. 

                                                                       

|