Archivo para 28. Enero 2010

NIEVE Y CENIZA

 La voz firme a pesar de los años y de los recuerdos desgrana en un inglés espesado por un fuerte acento centroeuropeo el relato de acontecimientos lejanos en el tiempo, pero presentes por la persona que habla y por el paisaje que la enmarca. Alrededor de David Cling, judío polaco, ochenta años de edad, superviviente de Auschwitz, una extensión desolada y brillante de nieve festoneada de alambradas y torres de vigilancia en la que los mudos barracones de ladrillo encierran el eco de los gritos de miedo, de los gemidos de angustia, de los suspiros de la resignación final. El grupo que rodea a David, miembros y funcionarios del Parlamento Europeo acompañados de algunos familiares, escuchan con la piel y el alma ateridos. Imaginan, conducidos por las palabras precisas y casi notariales de la historia, la detención en el gueto de la madre viuda y el hijo de catorce años, el viaje infernal en tren hasta el campo de exterminio, la separación desgarradora, la recomendación acompañada de golpe conminatorio en la nuca por parte de un jefe de vigilantes, también judío, de declarar diecisiete años, la pregunta fatídica del doctor Mengele, la respuesta recién aprendida, siebzehn jahre, mein herr, la sonrisa helada del monstruo indicando con un gesto desvaído de su mano enguantada la columna de hombres adultos mientras las mujeres y los niños desfilan ordenadamente hacia la zona previa al gas letal, las noches de frío glacial entre toses, gruñidos y estertores de los agonizantes, la lucha por el privilegio de rebañar el fondo de la perola viscosa, el desfile bajo el listón de madera para separar por estaturas a la hora de clasificar para la muerte inmediata o diferida, el ocultamiento en una alcantarilla, la argucia de deslizarse en un descuido del centinela en el grupo de transferidos a un centro de trabajo en Alemania, el periplo ferroviario interminable en el que cada mañana los SS entraban en el vagón para arrojar a patadas los cadáveres de los fallecidos de hambre y congelación al exterior, los traslados de una fábrica a otra, el colapso final, la huída, el encuentro con un destacamento americano, el final de la pesadilla, la vida de nuevo, la vida. En la cena oficial del día anterior, tras los discursos y el estremecedor concierto de violín de Michael Gutmann, la vicepresidenta del Parlamento de Israel, Yuli Tamir, me dice que una visita a Auschwitz cambia a las personas. Después, en el transcurso del recorrido por las instalaciones y el museo, nos detenemos ante un montón informe de zapatitos infantiles y sentimos una punzada cruel en las entrañas mientras los sollozos ahogados, incontenibles, ondulan el aire de la sala. Es cierto, el contacto directo con el espacio físico de nieve y ceniza que albergó el punto máximo de la abominación humana te cambia, y lo hace para bien. La evidencia palpable de la existencia del Mal en su máximo grado purifica y prepara para derrotarlo de nuevo porque lo que Auschwitz nos demuestra es que las tinieblas seguirán acechando, prestas a devolvernos al infierno si bajamos la guardia, aunque sea un instante, frente a su incesante ataque.                                                                         

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