Desde su llegada al poder en 2004 el presidente del Gobierno ha impulsado sin descanso un cambio en la política de la Unión Europea respecto al régimen castrista. A diferencia de la línea seguida por Aznar que intentó combinar el apoyo a la disidencia, la defensa firme de los principios democráticos y el mantenimiento de una relación diplomática correcta, Zapatero siempre se ha mostrado partidario de las concesiones a la dictadura cubana, evitando cualquier gesto o actitud que pudiera incomodarla y dejando abandonada a su suerte a la oposición interna. Hasta ahora sus maniobras en el seno del Consejo Europeo para restablecer el diálogo y la cooperación sin condiciones previas no se han visto acompañadas por el éxito porque hay bastantes Estados-Miembros que todavía se niegan a normalizar una situación que no tiene nada de normal. Mientras los presos políticos sigan en la cárcel y el respeto a los derechos humanos y a las libertades civiles más elementales brillen por su ausencia, es imposible que la Unión considere al régimen totalitario caribeño un interlocutor aceptable. En este contexto, la expulsión abrupta y sin explicaciones del eurodiputado socialista Luis Yáñez, realizada contra la legalidad internacional y con absoluto desprecio al partido que representa y a la institución en la que ocupa un escaño, demuestra hasta qué punto las estrategias blandas de Zapatero son ineficaces. Lo fueron en la etapa vergonzosa de la negociación con ETA, lo han sido con Marruecos ante el problema del Sahara Occidental y con los piratas somalíes, y lo están siendo en Afganistán, donde al final nos hemos visto obligados a incrementar el número de efectivos en el área. Si bien la discusión constructiva, la flexibilidad y el pragmatismo son instrumentos valiosos para operar en la escena internacional, no es menos cierto que la claridad y el rigor a la hora de tratar con contrapartes que nos humillan y que recurren permanentemente a los hechos consumados y a la fuerza bruta son indispensables si uno desea que le tomen en serio. Esperemos que la lección de la que ha sido vehículo y víctima el eurodiputado Yáñez haya sido comprendida por nuestro Gobierno y le sea provechosa.