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CONDOTIEROS
En la convulsa y fragmentada Italia de los siglos XIV, XV y XVI, surgieron capitanes de fortuna que al mando de ejércitos mercenarios ponían su espada al servicio de la ciudad-Estado que mejor retribuía sus servicios. Pronto se les conoció como condotieros, condottieri en italiano, vocablo derivado del término condotta, que era el contrato que suscribían con el gobierno que les empleaba. Feroces en el campo de batalla, sutiles en las negociaciones con sus posibles patronos, desprovistos de cualquier escrúpulo y totalmente ignorantes de la mínima noción de lealtad, cambiaban de bando en función del tamaño de la bolsa que se les ofrecía y se dieron casos en los que la defección se producía en plena batalla, lo que da una medida de su bajísima talla moral. Su figura y su forma de entender la guerra como negocio han quedado como el arquetipo del desaprensivo que se vende sin importarle un ardite la nobleza o la vileza de la causa a la que se apunta. En el campo de la política siempre ha habido personajes asimilables a los condotieros y en la España de hoy contamos con unos cuantos. Por supuesto, dentro del género existen niveles y categorías, hay condotieros y condotieras, condotieritos y condotieritas, al igual que sucedía en el Renacimiento, cuando algunos de ellos contaban con una pequeña mesnada de desharrapados y otros estaban al mando de fuerzas muy poderosas de miles de hombres perfectamente armados. A los condotieros políticos contemporáneos se les distingue fácilmente. Pululan por los platós televisivos y las cadenas radiofónicas hablando fundamentalmente de si mismos, critican de manera oportunista a las formaciones en las que militan, desvelan con descaro conversaciones privadas si ello les proporciona la atención de los medios o sube las ventas de sus libros de chismes y bobadas, fluctúan en sus posiciones ideológicas o simplemente las evitan, entran y salen fugazmente de militancias sucesivas dependiendo de la satisfacción de sus desmedidas ambiciones y exhiben una egolatría obscena trufada de una vanidad ridícula. Brillan brevemente en el firmamento público y pronto desaparecen como esas cerillas que una vez encendidas en la cocina o en el salón de fumadores son inmediatamente abandonadas en la basura o en el cenicero para ser tragadas definitivamente por la nada, que al fin y al cabo es su destino natural.
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24. Octubre 2009 en 11:53
Vaya, al principio del artículo pensé que usted estaba haciendo una confesión sobre su papel en el Comité de Conciliación del Paquete Telecom…
27. Octubre 2009 en 00:15
Estimado y admirado don Alejo.
He leído algo sobre su postura ante el intento de cercenar la libertad que actualmente gozamos los ciudadanos en Internet y he quedado apesadumbrado y decepcionado.
Esperaba por su trayectoria, gran inteligencia y compromiso con la Sociedad, largamente demostradas, que su comportamiento sería luchar por la libertad, como hace habitualmente, también en Internet.
Como para mí la libertad es la premisa prioritaria, ante otros planteamientos, sintiéndolo mucho será extremadamente difícil que mi voto vuelva a ser para el Partido Popular.
Eso no quita para que siga admirándole, aunque quizás un poco menos.
Tampoco voy a dejar de valorar todo lo bueno que hace usted por algo que no me guste, por importante que esto sea.
Le deseo lo mejor y le pido, humildemente, que reflexione sobre lo que le digo y, si lo estima oportuno, cambie su postura al respecto.
Reciba un afectuoso saludo.